martes, 31 de enero de 2017

Perú vive momentos de esperanza, pero no exentos de negros nubarrones; por una parte, ha sido un imán de la inversión extranjera, que ha aprovechado sus inmejorables ventajas, pero su pobrísima institucionalidad y la falta de patriotismo de la clase “dirigente” está postergando las inversiones en las “plataformas económicas” – también llamada infraestructura –necesarias, una brecha de US$ 280,000 millones, en medio de la reducción fulminante de las asociaciones público - privadas. Tenemos dos alternativas: una, mágica en gran parte, y otra, realista pero lejana. La primera es una inversión de China que coincida y nos ayude en esta tarea, la segunda, sin descartar la sinergia con China y los demás países, aplicar las políticas de banca nacional y crédito de Alexander Hamilton. Una reciente intervención del activista norteamericano Jason Ross en una video - conferencia presentada en el sitio web LaRouchepac, nos permite “recrear” una intervención hamiltoniana en el Perú:
1.- El Perú establece una institución pública de crédito exclusivamente productivo y de infraestructura, tipo Corporación Financiera de Reconstrucción, de Roosevelt.  El Estado pone parte del capital en ingresos públicos, y el resto lo coloca el capital nacional, en forma directa o aportando bonos públicos (por ejemplo, los fondos de pensiones, o los fondos mutuos), o el capital extranjero, por decir, el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura, entre otros. No se emite deuda nueva, pudiéndose reconvertir la deuda ya existente en capital social de la Corporación.
2.- El Estado garantiza los dividendos de esta Corporación ligándolo a la recaudación de un impuesto existente o por crear, y le dá a las notas o pagarés de la Corporación curso forzoso, es decir, la capacidad de usarse como cualquier billete del Banco Central.
3.- La Corporación otorga créditos a infraestructura o emprendimientos industriales, con el requisito de normas muy precisas, como por ejemplo la Ferrovía Transcontinental, o la red de Centrales Hidroeléctricas o los proyectos de conducción de aguas transandinas, que incrementen la productividad del trabajo, la densidad de flujo energético y la implantación tecnológica, de tal manera que el efecto neto será un incremento de la densidad relativa potencial de la población.
Este esquema romperá los nervios de los monetaristas fanáticos, que queman incienso en el templo del dios dinero, y que consideran que el Estado debe comportarse como cualquier capitalista filisteo, angurriento por su “rentabilidad”. Pero el Estado representa la capacidad de hacer el Bien, que ningún privado por si solo puede hacerlo. El Estado no necesita “maximizar su utilidad” directamente, pues no es una empresa, sino garantizar el Bien Común, asegurando la eficiencia en forma indirecta, a través del incremento de la productividad del trabajo, que representa a su vez mayor recaudación por impuestos existentes o por crear.
Esta política nunca la aplicarán los actuales detentadores del poder, pues no son capaces de asumir el más mínimo riesgo a sus grandes ganancias. El país carece asimismo de un partido que represente a la población. Esta política se aplicará cuando al poder económico no les quede más alternativa, o cuando la conciencia ciudadana conforme una hegemonía cívica imparable y con un liderato programático, o cuando ocurra las dos cosas, a la vez.
Videoconferencia del viernes, 27 ene 2017. Intervención de Ross, minutos 20 al 39.

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